No hacer nada también es hacer

 “No hacer nada también es hacer” 

Yo soy de esas mujeres que han aprendido a vivir con el mundo encima de los hombros. De las que sostienen, organizan, resuelven, cuidan, piensan por todos y sienten por todos. De las que aman profundamente a la familia, la amistad, la comida, la casa, la armonía, la fiesta, los pequeños detalles… y que sin darse cuenta, a veces se olvidan de sí mismas en el intento de estar para todo/s.


Estoy ya tan acostumbrada a ser productiva y estar tan alerta todo el tiempo, que cuando por fin paro, algo se siente raro. Como si me perdiera un poco. Como si detenerme a respirar fuera una traición a lo que soy y así entre la culpa y la inquietud aparece esa sensación silenciosa de que, si no hago, dejo de ser, no me reconozco ¿Quién soy ahora?


Ayer una amiga me dijo algo que se me quedó acomodado en el pecho como una verdad antigua:


“No hacer nada también es hacer algo.”


Y mi mente se calló y mi corazón la entendió antes que yo.


No hacer nada es descanso.

Es bajar las revoluciones.

Es permitirle al sistema nervioso que suelte el temblor invisible.

Es dejar que el cuerpo regrese a su centro sin tener que demostrar nada.


Es dejar de dar y servir por un rato, es medicina.


Y yo estoy aprendiendo a creerlo y a tomarmela sin hacer caras. No hacer nada a veces se ve como correr a la casa de una amiga sin planearlo a tomar el café en calma sin sentir que le debo algo a alguien.


Es no exigirme.

No corregirme.

No evaluarme.

No tratar de mejorarme.

Ni intentar siquiera “fluir”


Es simplemente existir flotando un ratito en mi propia vida.


No hacer nada es indispensable para avanzar, para que no duela el alma, ni el cuerpo, para recuperar la paciencia, la energía, el entusiasmo, la alegría, para volver a pensar claro y poder ver, sin neblina, las bendiciones que también me sostienen y no solo el peso que cargo.


A veces, no hacer nada es exactamente lo que mi alma necesita hacer y qué bendición tener amigas que te lo recuerdan sin pedirte que seas mas y que te prestan su espacio tibio, su calma, su silencio, sus propias bendiciones y su tiempo para enseñarte a solo flotar y mientras flotas que te vuelvas a encontrar. 




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