HOY FLORECIÓ MI JACARANDA


Hoy floreció mi jacaranda y aunque parezca una noticia pequeña, de esas que una podría omitir contar, para mí es enorme. Porque hay árboles que dan flores y hay árboles que sin saberlo llevan años esperando contigo. 

Cuando construí mi casa, también estaba construyéndome yo. Había escombros, material, cimientos, ladrillos por todas partes, cosas que todavía no tenían forma, lugares que no sabíamos cómo terminar, paredes que parecían pequeñas para sostener todo lo que quería poner encima y al final detrás de todo había mucha ilusión y esperanza y con esas sembré una jacaranda en el jardín.

Era pequeña, no medía más de tres metros y yo la veía como quien observa una promesa recién hecha. 

Me la imaginaba enorme, cubierta de flores moradas derramándose sobre mi jardín como lo hacía la jacaranda de la casa de mi abuela que era inmensa e imponente. 

En ella colgábamos las piñatas de nuestros cumpleaños y debajo de su copa sucedía buena parte de la infancia de todos los Tachna. Cada primavera y cada otoño su jardín se convertía en una locura morada, las florecitas caían por todas partes y aquello parecía una alfombra de sueños, un confeti poético que alguien hubiera aventado desde el cielo solamente para nosotros.

Yo crecí pensando que las jacarandas eran eso: una manera que tenía la vida de ponerse guapa cada año para embellecerte la existencia. 

Y para recordarlo sembré una en mi casa. Pasó un año, luego otro y otro y dos mas y  la jacaranda crecía, pero no florecía. 

Aguantaba los vientos, las tormentas, los soles criminales, la sequía y seguía creciendo como si tuviera asuntos más importantes que resolver antes de ponerse bonita.

Yo, en cambio, tenía prisa como siempre, como antes. Quería mi primavera. Quería ver mi jardín morado. Quería que mi casa a medias tuviera por fin ese espectáculo que yo recordaba de mi niñez. Así que empecé a hacer tratos con la naturaleza y los expertos, la cintareaba, le encajaba clavos, le bailé, canté le hice rituales, la privé del agua, la insulté, me disculpé, me enraicé con ella, le traje mil conchitas, piedras, le enterré un par de mascotas con poca suerte y al final le sembré una enredadera amarilla de esas que se trepan a todo y que se apoderan de otras plantas como si tuvieran derecho de propiedad sobre ellas.

Pensé: si esta jacaranda no me quiere dar flores por lo menos que la enredadera se las cuelgue encima. Y funcionó. La enredadera trepó, floreció y llenó de amarillo lo que la jacaranda se empeñaba en mantener verde pero yo estaba satisfecha a medias con ese autoengaño, y así siguió pasando el tiempo.

La casa fue tomando forma, nosotros también, llegaron más plantas, hierbas de olor, girasoles, flores de temporada, niños creciendo, cumpleaños, comidas, enfermedades, carcajadas, sustos, Navidad, vacaciones, pleitos, reconciliaciones, noches largas, relámpagos, incertidumbre, hartazgo y ni ganas de hacer café, pero la vida con todo eso se fue metiendo en la casa que ya era un hogar.

La jacaranda seguía ahí, sin flores, hasta que un día me olvidé, dejé de preguntarle cuándo, creo que me cansé, o quizá finalmente aprendí. Porque hay momentos en la vida en los que una comprende que no puede obligar a nada a florecer. Ni a los árboles. Ni a las personas. Ni a los hijos. Ni los matrimonios. Ni a las amigas. Ni a una misma. 

Entonces la solté.

Dejé de verla esperando la flor. Y ella yo creo que siguió haciendo lo único que había sabido hacer todo ese tiempo: crecer.

Hoy, mi mamá vino a comer y la vio desde el ventanal, mas grande, más bonita, con un follaje precioso y finalmente lo notó! 

!FLORECIÓ TU JACARANDA!

Yo tuve que salir a cerciorarme brincando y gritando de la emoción, mis hijos hasta se asustaron y luego se alborotaron conmigo.

Tenía un ramillete en lo más alto, lleno de flores y yo me quedé ahí parada feliz, viéndola con la boca abierta y sintiendo mucho. 

No era ni la floración que yo había imaginado. Era mejor.

Era mi casa.

Era mi vida.

Era esa parte de mí que durante tantos años creyó que primero había que terminarlo todo para entonces poder sentarse a ser feliz.

Qué equivocada estaba.

Las cosas como las casas nunca se terminan.

Siempre habrá una pared pendiente, una obra gris, una cosa que reparar, una puerta que pintar, un rincón que todavía no encuentra su lugar, una temporada solo para reverdecer.

Una vive mientras se construye.

Una florece mientras todavía tiene un colado pendiente.

Y quizá por eso hoy estas flores me conmueven tanto.

Porque recuerdo perfectamente a la mujer que sembró ese árbol, recuerdo lo que había detrás de sus ojos, recuerdo todo lo que tuvo que recorrer para llegar hasta aquí.

Y el 28 de septiembre me ha encantado la señal divina:  

Ya pasó, ya puedes descansar., ya puedes disfrutar, ya puedes dejar de esperar que algo malo suceda después de algo muy bueno, ya puedes hacer planes o ya puedes quedarte quieta, aquí estamos: crecimos y ahora florecemos. 

Me acordé de mi abuela y de los árboles que sembramos en nuestra vida para que alguien algún día pueda sentarse abajo de ellos a recordarnos. 




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La jacaranda no floreció cuando yo se lo imploré, floreció cuando dejé de exigirle que demostrara que la casa, la vida y yo ya estábamos bien.

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